“Un periódico, una revista, sin alma es un periódico o una revista muertos”


Rodrigo Sánchez es periodista y diseña periódicos y revistas llenos de noticias, fotografías, infografías e ilustraciones. Lleva más de 30 años intentando vincular rigor, verdad, audacia, imaginación y estética en un malabar juego de manos y letras. Ha pasado por los diarios ABC, Cinco Días y El Sol; las revistas Cambio 16 y Mercado; y desde 1992, en el diario El Mundo de Madrid, está trabajando, primero como Director de Arte de Revistas y ahora como Director de Arte del diario. No bebe vino y le encanta la Coca-Cola. Rodrigo Sánchez participará en la mesa redonda ‘¿Hay lugar hoy para el diseño periodístico?’ que se celebrará en el Congreso ÑH2018 en Madrid.

¿Diseño es para ti…?

No puedo desenlazar la palabra diseño de la palabra periodismo. Es cierto que en mis perfiles, en mi currículum, me defino como periodista y diseñador gráfico, pero la verdad es que sólo soy periodista. Soy un falso diseñador. En eso soy un estafa. Un diseñador de verdad, de los “buenos”, crea un logotipo para una inmobiliaria o un banco, hace el packaging de una marca de zapatos o las etiquetas de unas botellas de vino o aceite.  Yo diseño noticias, las doy forma, las hago atractivas, las diferencio, las jerarquizo, las ordeno, las destaco o las escondo. Mi unidad de medida es una noticia, y sus átomos son, por orden decreciente, los textos, las entradillas, los titulares, las palabras, las letras y las imágenes. Con esos elementos hacemos argamasas que construyen periódicos y revistas, igual que el cemento hace edificios. Los hay unifamiliares, independientes o enormes; funcionales, de diseño, integrados en el paisaje o monstruosos e inapropiados; de autor, anodinos, majestuosos, minimalistas o barrocos; delicados, bastos, apabullantes, sinuosos; profundos o etéreos; necesarios o prescindibles; audaces, repetitivos, excelsos o alienantes…

Un periódico, una revista, son como construcciones. Sirven para meterse en ellos y descubrir su interior. Atraen por su fachada, por su forma. Unos son útiles, otros son entretenidos; unos son “casa”, los de siempre, los nuestros; otros son “hoteles”, solo para un para visitas puntuales; y otros son de disfrute, para ocasiones especiales.

El diseño, para mí, es una mezcla de periodismo, imaginación y oportunidad. Es paradójico mezclar en una misma sentencia periodismo e imaginación. La imaginación, de hecho, tendría que estar lejos de una noticia; la verdad es sólo la verdad, sin aditamentos; pero la imaginación sí es necesaria para buscar la mejor manera de plasmar esa noticia, sobre todo en noticias de “segunda velocidad”, de gran transcendencia, pero con un significado abstracto. Allí donde no llega una fotografía, llega una ilustración. La tipografía llega a todos lados. Nuestra tarea como diseñadores es saber usar todos los elementos posibles para llegar al lector.

Diseño es saber que no con lo más grande se llama más la atención. Y que un buen blanco a tiempo soluciona más de un problema

¿Cuáles son tus referencias obligadas?

El New York Times. Un periódico feo que hace las más bellas páginas del periodismo planetario. Ellos no siguen modas, van a su aire. Tienen un periódico que nadie imita, pues nadie haría un medio nuevo con ese viejo aspecto. Ha habido adaptaciones con el tiempo, pero básicamente el periódico es el mismo. Y, aun así, innovan, arriesgan, apuestan. No tienen miedo y se nota. Especiales, gráficos, ilustraciones… tienen elementos superlativos, bien educados, bien controlados, cariñosamente expuestos a los lectores, con respeto pero con determinación, a pesar de saber que pueden no ser entendidos o malinterpretados. Con sus páginas elevan la intelectualidad de los que lo leen, y los lectores se sienten superiores por ver y entender, o llegar a entender, esas propuestas. Es un público al que se le educa en la calidad y en el riesgo periodístico. Allí no abusan del término “popular”, como otros, como aquí. Ellos adiestran (llevan haciéndolo muchas décadas) a su público, no creen que la mayoría entiende sólo lo vulgar, lo feo, lo poco cuidado. Ellos crean y acostumbran a un estándar de calidad elevado. Han unido la estética, su estética, a la credibilidad. Y son populares, son los mejores. Tan buenos que hasta cuando algo les sale mal, parece que lo hacen bien.

Me gustan las portadas de The Guardian. Las hacen para los lectores, no para los periodistas de otros medios, ni siquiera para ellos mismos. Tienen reglas claras y organizadas, pero las utilizan de manera que parece que inventan la portada cada día. Y eso es lo que merecen los lectores que quedan, que les hagamos la portada del día valorando las noticias del día, sin corsés, sin plantillas. Sin adaptar la noticia del día al molde de la plantilla de la portada de ayer o de la de hace una semana. Para eso pagan, para eso van a los puntos de venta a por nuestro producto, para eso nos llevan bajo el brazo, para ello presumen de nosotros.

Me gustan las portadas de New Yorker. Hay ingenio, humor, delicadeza y crudeza. Me encanta su sistema de titulares en una solapa desplegable que despeja la ilustración de textos. Luego se nos llena la boca de nuevos medios digitales y demás estrategias de pantallitas, pero ellos llevan desde 1925 haciendo cine mudo, mu do, en su portada, y a nadie le parece antiguo. Todos los guais, los gurús digitales, los nuevos modernos, los advenedizos, los jacobinos, los hipsters, los perroflautas, los culturetas, los conversos… todos alaban sus portadas, pues son “súper” modernas. Y ahí están, tinta sobre papel. ¡Papel! Manda…

Me gusta el diseño gráfico norteamericano. Han hecho, y hacen, cosas sin complejos. Son claros, son directos, no tienen prejuicios y han mamado buen gusto tipográfico desde el nacimiento de su nación. Hasta uno de los padres del país, Benjamín Franklin, se define como impresor en el epitafio que se auto escribió: El cuerpo de B. Franklin, impresor (como la cubierta de un libro viejo, con su interior rasgado, despojada de su texto y sus dorados), yace aquí, como alimento para los gusanos; pero la obra no se perderá, porque (como él creyó) aparecerá de nuevo, en una edición nueva y más elegante, revisada y corregida. Por el Autor.” En América hay mimo por la letra, amor por el aspecto de las palabras. Desde el famoso “lejano oeste” hasta las maravillas de la psicodelia. Han sabido transmitir, por generaciones, emociones con sus carteles: desde un “Se Busca” hasta un espectáculo en Broadway. Desde un camión de bomberos a una furgoneta de reparto urgente.

Me gustan Julio Cortázar, Philip.K.Dick, Tolkien, Ursula.K Leguin, Manuel Vilas, Antonio Lucas y Paul Auster. Me gusta que me recomienden libros, que los compartan conmigo. Y me gustaría dominar la gráfica como Cortázar dominaba las palabras: exprimiéndolas, torturándolas, volteándolas, repitiéndolas o evitándolas. Crear aromas con las tipografías, llegar al subconsciente sólo con el aspecto de una página, sin llegar a leerla.

¿Qué publicación, impresa o digital, te ha sorprendido más este año? ¿Por qué?

Lo digital no me sorprende. Vamos, lo que me sorprende es que a alguien le sorprenda. Es un fantástico e imprescindible medio de comunicación, pero, desde el punto de vista estético, es una profunda y continua decepción. Hay páginas puntualmente bellas, impactantes, sorprendentes… pero casi nunca en un diario. Ver una edición cuidada en papel y su alter ego digital es, como mínimo, frustrante. Siempre hay un pero: las tipografías, los diferentes universos (“androides contra manzanas”, parece una película de serie B), el maldito responsive. Siempre hay una excusa para un defecto. Siempre hay una justificación para un mal trabajo. Y lo que de verdad hay son pocas ganas de hacer un aceptable trabajo gráfico. Todo vale. Y, lo peor, es que parece que a nadie (salvo a mí y pocos más) le importa.

No se cuenta con los diseñadores, y no hablo de diseñadores de papel (que están proscritos), hablo de diseñadores periodísticos. Diseñadores de noticias. Publicamos en la web, ahora mismo, siglo XXI, peores productos y más básicos que en los albores de la autoedición de los 70 u 80, cuando eran las propias imprentas las que diseñaban, con pocos medios y ninguna idea, las publicaciones. Ahora son ingenieros, programadores y redactores sin experiencia, ni conocimientos gráficos básicos, quienes se encargan de un trabajo que, ni aún en papel, los periodistas especializados han sido capaces de llevar o mantener en su máximo nivel. Lo dicho, una profunda y reiterada decepción.

Este año me ha gustado mucho, pero mucho, EME, una revista trimestral de mi propio grupo editorial, diseñada magistralmente por María González. Un cúmulo de buenos recursos y buen gusto sin apenas medios. Una oda al respeto gráfico universal de los contenidos y a la innovación tipográfica. Si no fuera porque llevo trabajando con ella casi 20 años pensaría que se lo ha hecho su padre.

¿Qué es lo más importante que has aprendido en tu carrera? ¿Y en tu posición actual?

A desdramatizar y a tener una visión global del oficio. A saber que lo más “bonito” no es lo más adecuado. A dar a cada tema el valor que se merece. Incluso a dar valor a lo que no lo tiene, pero que si se publica es por algo. A saber que si la redacción no pone en valor una cosa, el lector, tampoco. A saber que la confianza es lo más importante para este negocio: confianza del redactor, del infografista, del fotógrafo, del ilustrador, del director y del editor en el diseñador. El diseño no es cosa de uno, es un trabajo en equipo, pero lo hace una persona, el diseñador. Muchos pueden aportar pigmentos, pero el pincel sólo lo puede sostener uno.

He aprendido que todo el personal de una redacción, desde el último becario al primer director, saben de diseño, de volúmenes, de tipografía y de colores. Sobre todo de colores. Y he aprendido que desde el último becario hasta el primer director están equivocados. Sobre todo en lo que a colores se refiere.

He aprendido que ya has llegado al estatus que profesionalmente estabas buscando cuando no es necesario convencer a TODOS de tus decisiones, y que éstas obedecen, la mayoría de las veces, a una mezcla de intuición y experiencia imposible de justificar.

He aprendido a ver lo ignorante que era cuando creía que lo sabía todo. Y he aprendido que cuanto más se trabaja, mejor se es. He aprendido que no siempre tu opción es la más adecuada, que hay muchas maneras de hacer una cosa y que no siempre esa manera es la tuya. He aprendido a ser generoso con las ideas de los demás y, aunque en el fondo sé que las mías son mejores, he dejado paso a las otras. Pero que conste que las mías son mejores. ¡Por ahí no paso!

He aprendido del valor del error, incluso la belleza del error. Y, obviamente, que no hay acierto sin error. Aunque también he aprendido que las cosas a veces salen bien a la primera.

He aprendido que las páginas ordinarias las hace gente extraordinaria. Y que las páginas extraordinarias las puede hacer gente “ordinaria”. Las primeras, la ordinarias, son páginas que marcan un estilo, son el armazón del diario, la base sobre lo que se apoya todo. Las páginas extraordinarias marcan una dinámica de uso fuera de lo normal, pero no son imprescindibles. Son la salsa, son la sazón, son la guinda, pero no son el pastel. El pastel es lo otro, lo difícil, lo que tiene que ser manejado por expertos y profanos día a día; eso es lo que es diseñado por gente extraordinaria.

He aprendido que el periódico lo firma un Director. Y que él firma su trabajo, el tuyo y el del resto de la redacción. El Director cede su soberanía en nosotros, en el responsable del diseño, pero es SU periódico, y si en alguna ocasión dice no, es no. Es su prerrogativa, su veto, su capacidad de decisión. Trabajamos para él, y él nos da su confianza. Pero la confianza no es un papel en blanco.

He aprendido que el mérito no es sólo de quien hace, sino de quien deja hacer. Hemos de ponernos en la piel de directores o editores y responder con honestidad si nosotros autorizaríamos a una tercera persona a hacer lo que nosotros estamos haciendo o intentando hacer.

Y he aprendido que lo más importante es dotar de “alma” a un producto. Un periódico, una revista, sin alma es un periódico o una revista muertos. El diseñador juega a ser Dios con su creación. Le puede salir un ser vivo o un golem. El mercado está lleno de golems, bellos productos sin alma que aparecen y desaparecen y nadie les echa en falta. Hay que crear productos con personalidad, que reclamen atención, que creen dependencia y orgullo en sus lectores.

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